Poesía donde lo mortal y lo eterno se encuentran.

VIENTO EN LA NOCHE

 

Sopla el céfiro, suave, muy suave, acariciando las hojas,

de un viejo sauce ya reverdecido al estío cercano,

susurrando, en la oscura noche, un luto tan temprano.

El cielo, negro y estrellado, es mudo testigo de las congojas.

 

Es símbolo y seña, tan pronto, certero e irrefutable,

de la existencia en este mundo, pura y vana efimeridad.

Y son fieles testigos, rociados por brisa, de esta cruel verdad,

los que contemplan la tumba, sello de la muerte inexorable.

 

Nada más que la íntima noche y un susurro gélido y fresco,

fiel testigo de una estación, en melancólico otoño devenida,

que se niega a morir y ser amarga y triste despedida,

de la tierna vida de un ángel en forma de felino pintoresco.

 

Fueron apenas quince años, concedidos, de fiel compañía,

a amos que de él, el hijo soñado que jamás tuvieron, hicieron.

Coronadas de amarillo, sus dulces pupilas amor nunca fingieron.

¡Es ya tiempo del adiós, del viaje a la eterna lejanía!

 

Adiós, mi pequeño Tomy; esta noche fue la cruel despedida.

El viento en el sauce atestigua que el adiós es muy abrumador;

en crudo contraste con tu inmensa alegría, duelo desgarrador.

Sensaciones que perdurarán, por siempre, en toda nuestra vida.

 

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