Poesía donde lo mortal y lo eterno se encuentran.

TARDE MARFIL

 

El pálido sol del otoñal y dulce atardecer,

intrusa en mi ventana su luz suave se derrama,

me grita que el tiempo mi propia vida reclama,

y que soy viajero que pronto, sí, ha de arder.

 

Los grises edificios, testigos firmes de pie,

parecen eternos, mas son pura y sola mentira,

sostienen el cielo, mas se gasta y muere su ira,

¿qué quedará de todo cuanto yo alguna vez seré?

 

Mil soles sus altas cimas siempre han y han besado,

guardando alegrías, guardando viejos y tristes dolores,

testigos silentes de tantos, tantos pasados amores,

¿qué guardará el polvo que de mí luego ha guardado?

 

Esa luz mortecina me mira, me observa y me afrenta,

me pone en mi lugar, frío y totalmente desnudo,

sabiendo que el mundo es camino estrecho y muy agudo,

y que mi existencia es tan solo una pequeña cuenta.

 

Las frases de la poetisa son duro y amargo castigo,

al leerlas intento huir de mi dura y triste suerte,

mas nada escapa al filo agudo y cruel de la muerte,

ni el goce más alto ni el llanto más leal y amigo.

 

¿De qué vanagloriarme si nada, nada es mío?

si el tiempo devora placer, dolor y toda tristeza,

borrando hasta el eco de mi propia y única certeza,

dejando en la nada mi nombre, mi voz y mi brío.

 

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