Poesía donde lo mortal y lo eterno se encuentran.

PARAÍSO PERDIDO

 

Veredicto mortal por haber al áspid embustero cedido.

Pesar, reza el apotegma, será tu amargura y tu duelo.

¿Qué harás ahora, varón, en tu calamitoso estado caído?

 

Condenación de espinas, cardos y trabajo fatigante es tu castigo.

Día tras día, el sudor de tu frente es diadema segura y cierta.

Nada más que luz del sol será tu ardoroso y único abrigo.

 

Como si tu propia congoja exigua fuera para tu simiente,

al valle de lamentos arrastraste quien guardará tu sepultura.

Somos tu semilla, y heredamos un latigazo ardiente y fuerte.

 

Aquellos que otrora lozanos valles de gran verdor fueron,

ahora, por el fruto provocador que probaste sin amargura,

nuestras vidas en senda de dolor y suplicio se convirtieron.

 

Padre, ¿cuándo heredaremos el Edén primigenio y extraviado,

aquel que respiraron, mas para nosotros ya no perdura?

Que el Santo vuelva y su luz sane el mundo entero y desolado.

 

Más raudo sea tu regreso, tu reinado de vida sempiterna,

a esta esfera extraña, atada a su endiablada y dura atadura.

Vénganos tu reposo que sane nuestra herida y amarga pena.

 

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