LA GRAN PERIPECIA DE LA VIDA
Todo exasperado acto de oposición es inútil,
la ponzoña insidiosa ha hecho su cruel trabajo.
Corre por la vena roja, bajando a su atajo,
sembrando solo el germen de ilusión fútil.
La intranquila víctima al fin al cielo puede mirarse,
y ver en nubes leves un lecho de color plomizo.
Lugar de descanso tras su largo trecho y liso,
donde su ansia en dulce paz logra consagrarse.
La gran peripecia de la vida a su final llega,
sin pedir permiso a quien la tiene en su haber.
Le ordena rendirse y toda lucha detener,
mientras el aire en sus pulmones poco a poco niega.
Ahora su alrededor recobra su inmaculado esplendor,
el mundo entero al desdichado con calma observa.
Y aunque por dentro su propia sangre aún hierva,
todo se torna luz del Edén y su resplandor.
Río abajo en su infortunio el viajero aún navega,
la selva densa a un lado es su testigo callado.
Y el agua turbia lleva al pobre desamparado,
que a las leyes de la muerte no se doblega.
Pero ya es tarde; el ofidio cruel inoculó
aquel fluido fatal que da el final seguro.
Que en el cuerpo del infeliz entró y fue puro,
llegó el momento: el dulce descanso ya llegó.
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