Poesía donde lo mortal y lo eterno se encuentran.

DESDE EL INFIERNO

 

Bravíos oleajes de hiel y amargura,

Brotan de abismos donde la pena dura.

 

Cada crepúsculo es vida vacía y oscura,

Que rompe la paz que fue dulce, limpia y pura.

 

Pido al cielo el rocío que apague mi dolor,

Y llene mi ser todo de quietud y amor.

 

El mal no tiene excusa, es duro y constante,

Mas la aflicción enseña, voz sabia y hablante.

 

La calma dulce baja cual lluvia celestial,

Sin tacha, sin error, esencia angelical.

 

El don precioso de paz nos ha sido dado,

De Quien toda gracia y bien ha emanado.

 

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